Ivan Perez Vega
6 abril, 2013

 

En el agitado y calamitoso ritmo de vida en que vivimos hoy se hace casi imposible lograr mantenernos actualizados de todo lo que acontece cada día. Tanto es así que, aun a los que leemos y vemos noticias a diario, se nos hace muy difícil retener la secuencia de los eventos, en un mundo donde las primeras planas de los diarios están copadas de noticias trágicas, luchas de poder y denuncias de corrupción.

El entorno cotidiano y la necesidad inherente de supervivencia actúan de forma efectiva, insensibilizándonos al punto de no percatarnos de noticias que igual impactan dramáticamente nuestro modo de vida, pero que por su carácter recurrente parecen perder importancia, diluyéndose así en un mar de sucesos que hacen percibir a nuestro mundo como neo catastrófico.

Es habitual que cada viernes el Ministerio de Industria y Comercio haga su anuncio del precio de los combustibles. Pero el pasado 23 de febrero la gente no se percató de que en esta ocasión la gasolina alcanzó el histórico precio de RD$250.50 el galón. El anuncio pasó sin más novedad que un suspiro o un lamento: “Uyyy, otra vez la subieron…”.

Pero la eminente amenaza de conflictos en el Medio Oriente, sumada a la incertidumbre de nuestro acuerdo Petrocaribe ante la muerte del presidente Hugo Chávez, deberá llamarnos a prestar atención al impacto de esta noticia y, además, a hacernos reflexionar sobre nuestra realidad como país, para poder abocarnos a construir hoy un plan que garantice nuestra supervivencia ciudadana a largo plazo.

¿A qué me refiero? Al tan repetido llamado del que, humildemente, me he hecho eco a través de esta sección. A la necesidad de que el Estado dominicano comience a ver el sector-industria de vehículos, como un renglón económico, que urge desarrollar y para lo cual hace falta primero ordenar, en lugar de seguir utilizándolo como un limón al que sólo se le echa mano para exprimir, cuando lo que hace falta es ¡más plata, no más limonada!

No sé si es que la política como ejercicio hace a nuestros ministros aturdirse, o si es que el aroma del poder los embriaga, pero sea una cosa o la otra, la gravedad de nuestra realidad exige más sensatez. Porque no hay que ser un genio para saber que la inestabilidad de los precios de los derivados, añadida al carácter agotable del petróleo, obligan a reflexionar sobre los métodos y controles que debemos aplicar para buscar la mayor disminución posible de nuestra dependencia del petróleo, máxime, cuando nuestra factura anual de ese energético está rondando los 4,000 millones de USD. Razón que nos obliga a concluir que ese objetivo sólo se puede lograr disminuyendo el consumo nacional de combustible.

Permítanme compartir con ustedes algunos datos que la mayoría no conoce. Nuestro país importa alrededor de 50 millones de barriles anuales de petróleo y sus derivados. De ellos, el sector transporte terrestre consume cerca del 50%, siendo el resto utilizado para generación eléctrica, transporte aéreo, transporte marítimo y fines industriales y agrícolas. Por lo que de todas nuestras aéreas de consumo de energía, la del transporte terrestre vehicular, además de ser la más importante, es la única que ofrece la estructura adecuada para tomar medidas de ahorro que resulten inequívocamente efectivas.

El problema radica en que en el transporte terrestre vehicular sólo se ahorra energía mediante la disminución de consumo de los combustibles diesel y gasolina; eso sería alcanzable mediante diferentes vías. Por mencionar una: la reducción en la importación de vehículos usados y muy usados como ocurre, no sólo porque los autos nuevos cuentan con tecnologías que los hacen cada vez más eficientes, sino por el propio uso de los usados, que cada vez se hacen menos eficientes; y de paso afectan más el bolsillo, razón por la que, en la mayoría de los casos, son desechos de otros países. Pero ninguna de las necesarias soluciones tendrá efecto sino ordenamos el parque vehicular, haciendo un análisis del consumo de todos los tipos de vehículos, y compararlo con el consumo que resultaría si se asumieran medidas que utilicen opciones para ahorrar energía. Cosa que pudiera bien hacerse apoyándonos en las experiencias que se están dando en Estados Unidos y México, y donde persiguen la disminución de la dependencia del petróleo. Dos países que oportuno es recordarlo, son grandes productores de petróleo.

Para ilustración de este artículo, me quedaré solo con el ejemplo de las medidas implementadas en los Estados Unidos, dado el nivel de cercanía que nos asocia y porque además, su representatividad comercial en el sector automotriz en nuestro país es mucho más relevante.

Veamos pues… se trata de una norma de calidad que obliga, a partir del 2012, a los fabricantes norteamericanos de automóviles, jeepetas y camiones ligeros a producir unidades con motores que, para 2025, alcancen un rendimiento energético de 54.5 MPG (millas por galón), equivalente a 87.7 KPG (Km por galón).

Con esa norma de eficiencia asumida, Estados Unidos espera que para el 2025, el actual consumo de combustible del transporte se haya reducido al 50%, lo que significaría que cada año se ahorren la compra de 2,370 millones de barriles de petróleo y dejen de emitir a la atmósfera 750 millones de toneladas de CO2. Esto proporcionaría ahorros de más de 100,000 millones de dólares anuales, a los que se sumarían los ahorros provenientes de la disminución de enfermedades pulmonares y otros costos provocados por el cambio climático. Datos que, por supuesto, están asumidos sobre la base de un sector organizado y donde la renovación de su parque vehicular garantiza que el número de autos usados que aún están transitando sea menor cada año.

Naturalmente, en la República Dominicana ni somos fabricantes de vehículos, ni tampoco somos productores de petróleo, así que nos toca aplicar la norma y la disciplina ya en efecto en Europa y ahora en los Estados Unidos y México. Para ello tenemos que estudiar a fondo la composición de nuestro parque vehicular por tipo de vehículo, nivel de potencia y/o tamaño del motor; y por el país de origen de importación.

Todo esto puede alcanzarse ya que la solución debe procurarse sobre una base justa que garantice la equidad competitiva y que no promueva ni la exclusión, ni la penalización, ni la prohibición. De manera que el resultado que se persigue se consiga por decisión del usuario.

Al final de la jornada el ahorro de combustible es un factor económico de carácter puramente social, pues cada galón de gasolina o diesel que se deje de consumir significa ahorro de divisas e ingresos para el Estado por venta de bonos de carbono así como ahorros para los propietarios en el costo de operación de sus vehículos. Así que el ahorro es una fortuna que se nos va de la mano.

La ilustración de las posibles alternativas a partir del análisis de nuestro parque vehicular, será contenida en una continuación de este importantísimo tema, en la siguiente entrega de El Torque de la Industria.